No hay nada mas “ochentero” que la palabra misma. Generalmente la gente que le pisa los talones a aquellos que vivieron su adolescencia en la década de los 80’s tiende a decir “ochentoso”. Yo lo hacía. Me daban ganas de vomitar los calentadores rosados, los zarcillitos de crucecitas de la chica material y babosadas de esas. Hasta ahora. Me estoy poniendo vieja. Cuando “Mata de Coco” era “MATA DE COCO” y el Teatro la Campiña era “EL TEATRO LA CAMPIÑA ” yo tenía como cuatro años. Mi ídolo musical era Juan Corazón y no había mejor tema que “Entre perros y gatos” una cosa horrible que el hombre cantaba mientras una veintena de muchachitas se arrastraba por el piso, vestidas de perros y gatos. Yo lo sé porque mi mamá me llevó a verlo en Mata de Coco. Luego la bendita adolescencia me nubló el cerebro para siempre. Es ella la única culpable de que uno pierda al niño interno. Y no por el asunto trillado de la inocencia, sino porque empiezas a avergonzarte de los gustos horribles que ...
Esta es la historia de un pequeño plátano que tenía muchos problemas. A corta edad una bruja de su comunidad logró exiliarlo , poniéndole para siempre lentes verdes . Por eso, nuestro protagonista no podía ver las cosas como eran, le costaba agregar agua y agitar sus comidas, siempre se le escapaba un chorro y hacía un desastre, no podía hablar de moda porque distorsionaba los colores, tenía menos sexo en la ciudad y ya no hablaba cloro . Cuando dejó de sentirse infelix , sus lágrimas se secaron , decidió que él era más importante que todo lo demás. Se enfocó en su mente, su cuerpo y sus emociones y escribió un cuaderno de notas lleno de todos sus impulsos y sentidos . Cansado de sentirse un corsario sin mar , viajó por el universo, llegó al planeta Frank , conoció a un tal Alberth , y a una supermujer , compartió aventuras con la Bebysh , y comió chupetas de ajo para tratar de soportar al presidente Chávez . Hizo una bitácora de vuelo , para que todos lo viéramos desd...
Sergio se levantó con el bendito ruido de la alarma. Un reloj digital que parece analógico y que emite un pitido de xilófono. Eran las 11 de la mañana. Otro día igual que el anterior y que el siguiente. Tenía de nuevo los pies fuera de la cama. No le cabían los dos metros de estampa para ninguna cama común y al erguirse, bueno, nunca se erguía. Pies grandes, manos grandes, casi deformes. Cabeza demasiado afilada para su cuerpo enorme pero engrosada por unos pelos largos, a veces calvas, que se mantenían enterrados tercamente en el cráneo y le bajaban en bucles, que seguro en algún otro tiempo fueron bellos, por detrás del cuello y hasta la parte alta de la espalda encorvada. Nunca se erguía, pero tampoco se levantaba en el momento. Se dejaba estar en la cama todo el rato que podía. ¿Podía? Todo el rato que se permitía. Así mejor. Extendió el brazo largo y fuerte y cogió el móvil. Lo encendió. Hacía mucho que dormía con el aparato apagado para que nadie le viera las mentiras. O...
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