lunes, mayo 31, 2010

Lepe, chicote y coquito



    A manera de divertimento y culturización, porque lo que uno más hace cuando es chiquito es convertirse en el sabio mayor de las todo lo que es inútil, me propongo a dar una breve descripción de estos conceptos infantiles.

     Un lepe es un golpe en la frente con la mano abierta, un golpecito. Usualmente se le daba a los gafos del colegio y venía acompañado de un grito grave y social: “Biiiiiii, becerroooo”. También existía la modalidad “lepe colectivo”: Una persona iba chocando las manos con varios compañeros, como recogiendo lepes que mágicamente se le pegaban a la palma de la mano. Y luego: “plaf” se le depositaba el lepe colectivo al gafo de la clase, previo consenso silencioso del mismo, que ya tenía rato viendo cómo el coleguita coleccionaba la sanción.

     Un chicote se da haciendo la señal de la paz y estrellando los dos dedos contra la parte interna del antebrazo. Se da entre amigos, en forma de competencia, uno al otro, alternándose hasta que los brazos se ponen rojos, rojitos y alguno de los dos se rinde. Siempre empieza con un “vamos a ver quién aguanta más”.

      Un coquito, tipo de golpe que inspiró estas líneas,  es un golpecito en el coco - en la parte más dura de la cabeza – con el puñito y suena como “toc”. Casi siempre se lo dan las niñas a los niños que las fastidian. También se ve frecuentemente entre los más chiquitos.

     El niño gafo picado que recibió el lepe tres párrafos más arriba a veces amenaza también “chamo, te voy a dar un coquito” lloriqueando. Pero nunca lo hace.

lunes, mayo 17, 2010

La lluvia y la Mar



En Cartagena hay días de lluvia incesante, como hoy. El cielo se despierta arropado con nubes que chorrean.  A lo largo de todo el día el agua inunda las calles, el asfalto, los mercados, el puerto, los barcos y las cafeterías. Trabajar es imposible. Ni siquiera en la noche el cielo se cansa de escurrir.

Mármara la Mar aprovecha días así para ir a hablar con los sapos. A las diez de la mañana toma sus treinta trapos magenta, uno por uno, y se va vistiendo con su absurdo traje de bruja. Termina convertida en una figura enorme y bicolor: lavanda y arena. Así mismo se mete en el bosque, bien adentro donde nadie la consigue, y se pone a imitar a los sapos. Pronto varios anfibios le contestan. La Mar se alimenta de moscas que ellos le brindan y la conversación fluye durante todo el día al compás de la lluvia.

lunes, mayo 10, 2010

Tres


Alberto tenía los ojos grises y el pelo rizado. Tomó el cuchillo de la gaveta de la cocina y lo escondió bajo su saco. Salió de su casa. Caminó cuatro cuadras contadas y entró al edificio. Sacó la llave de su bolsillo derecho, la deslizó en la cerradura y giró la muñeca hasta escuchar un crujido. Empujó la puerta, entró a la sala y cerró. Reconoció un olor blando que flotaba. Dejó las llaves en el platito de cristal de la mesa del recibo. Caminó a la habitación, dispuesto a matarlo. Tantas noches había estado su mujer balanceada en sus brazos, enganchada en sus besos, complaciéndose con aquél hombre entre las piernas. Recorrió el pasillo sin hacer ruido. A la vez que abría la puerta suavemente, con la otra mano dejaba ver el arma homicida. Se acercó lentamente a una cama de caoba exactamente igual a la suya. Miró su reflejo en el espejo de la peinadora donde su esposa guardaba todas las joyas. Un pantalón arrugado descansaba, ignorante, en la silla que habían puesto porque Alberto era muy desordenado para colgar la ropa que se quitaba. Tragó saliva, su pecho bramaba. Apretó el cuchillo bajo los nudillos. Rechinaron sus dientes. De un solo manotón arrancó la ligera sábana que cubría el cuerpo de los amantes. Allí estaba él mismo, con ojos de plomo y el cabello desordenado, descansando entre los brazos de su amada.

miércoles, mayo 05, 2010

Dos



El humo del cigarrillo ascendió en el aire y le pintó el futuro: el cáncer, las sesiones de radioterapia abrasadora, la quimioterapia, los vómitos, el corte al rape, la ausencia de cejas y pestañas, los esteroides, las venas hundidas, el dolor de cuerpo, la sangre, el esputo, la orina y la muerte. Cirilo salió del bar y caminó hasta la mitad de la calle sonriendo. Justo cuando el conductor del camión buscaba, con la mirada y la mano derecha, el encendedor debajo del asiento trasero.

lunes, mayo 03, 2010

Uno




El bambú tenía siete años escondido bajo tierra. Aunque sus raíces se esparcían varios metros debajo de la superficie, tenía miedo de salir. El sol, sospechando esto, se posó tempranito en la mañana al ras de la tierra.
El bambú sintió entonces el calor reconfortante junto a su bulbo subterráneo. El astro tibio se alejó un poco de la tierra y el bambú tuvo que hincarse para volver a sentir calor. Luego, el sol volvió a subir un poco más, retándolo entre risas. El bambú, olvidando sus temores, se estiró unos centímetros más para alcanzarlo nuevamente. Así pasaron toda la mañana: mientras más se alzaba el sol travieso, otro palmo del bambú se descubría.
Para el mediodía, justo cuando el sol se posaba en la cúspide del cielo, el bambú mostraba seis valientes metros de tronco al exterior. Ya no tenía miedo.

Indicio


Gonzalo se monta en  el subte todos los días desde la estación de Piedras a Primera Junta. “Es el tren más antiguo de Latinoamérica”, le dijo Patricia días antes de dejarle una nota con marcador negro que sólo decía "Me voy", llevarse sus cosas y evaporarse. Si no hubiese sido porque el calor del verano bonaerense se trasladó al otoño, esa mañana de abril la sociedad porteña no hubiese decidido vestirse como si fuera enero.

Patricia y Gonzalo se habían conocido en el colegio. Siempre habían sido amigos y reubicar su relación fue bastante cómodo, como todo lo demás.  Cuando llegó el día, decidieron comprar un departamento pequeñito en el microcentro y se fueron a vivir juntos, sin disputa pero sin celebración. Gonzalo hacía la vida que había que hacer y Patricia lo seguía. Era una muchacha soñadora y apasionada que había encontrado en Gonzalo toda la estabilidad que necesitaba a muy corta edad. Incluso habían superado estar separados durante el año que Gonzalo se estudió en Boston. Ella había sacrificado su beca del Colegio Francia y lo esperó conforme por catorce meses viviendo en el departamento de sus padres en Palermo.

Gonzalo es el único argentino capaz de notar el olor a madera anticuada de los bancos y las paredes. Piensa en el montón de muertos que alguna vez se sentaron ahí, en ese mismo banco, viendo los mismos aros de gimnasia atornillados en el techo. Ahora los hacen de plástico y con formas ergonómicas, así que los aros de gimnasia resultan absurdos. El vagón donde viaja Gonzalo desentona con este futuro. Es una pequeña caja de pasado con las ventanas abiertas desde donde se ven las venas de la ciudad de Buenos Aires.

Gonzalo disfruta un montón recostando la sien del alféizar y subiendo la vista. Cada tanto, el enrejado de una alcantarilla visto por debajo se ve a contraluz. Como el ciudadano porteño camina todo el tiempo, suelas de mil formas se dibujan momentáneamente, o no, sobre el enrejado.

Casi llegando a Primera Junta, el tren se detiene. Gonzalo mira hacia arriba, entre las rejas. Unas suelas femeninas, arqueadas. Dos piernas desnudas y la bombacha de Patricia. Una bombacha única que Gonzalo conoce demasiado bien: enorme, roja y de lunares blancos, desgastadísima, comprada en CaroCuore en verano del 95, cuando Patricia recibió su primer sueldo en el Ministerio de Economía, frente a Plaza de Mayo.

Es una maravillosa oportunidad; Gonzalo está a punto de levantarse, abrir con fuerza las sordas puertas, correr por encima de los torniquetes del subte y subir a la calle de un golpe. Pedirle a Patricia una explicación, un beso, un mate. Justo entonces, un par de suelas se acercan. Los zapatos contundentes de un contador: gastados, rotos, de cuero fino. Las bocas de los dos se encuentran por encima de la bombacha, el traje marrón, el bolso de Patricia. Gonzalo relaja las piernas y se deja vencer contra el banco de palo. El tren reanuda la marcha.

martes, abril 27, 2010

Último beso de amor


Había sido un día perfecto hasta que, en la oficina, se llevó la taza de café a los labios.  No veía a Celia desde que la mandó a prisión, meses atrás, siguiendo órdenes de altos funcionarios del régimen recién implantado. Este café de las dos de la tarde irremediablemente le recordaba el aliento robusto y ceñido de los besos de Celia.
Abrió la primera gaveta y sacó un fajo de billetes que metió rápidamente en el bolsillo derecho. Tomó su sombrero y su saco y, casi a zancadas, salió de la Oficina Regional.
Veinte minutos después, usaba el dinero para sobornar a un par de guardias revolucionarios. Lo dejaron entrar. Miró a Celia sentada en la esquina de un calabozo infernal, cubierta de excremento humano y sangre seca. Destilando odio de sus grandes ojos amarillos. Él presionó su cuerpo y su cadera contra los barrotes de la celda, mirándola desde algún lugar vago entre la lástima y la súplica. Desde que lo habían nombrado ministro, Celia ya no era más una esposa con ideas diferentes, era una traidora al proceso revolucionario del comandante. Él la había delatado y había seguido el proceso de su captura y encarcelamiento, no porque no la amara desde siempre. Esta vez, era irresistible cómo el gobierno masturbaba su bolsillo con tanto rigor. Pero hoy el café lo hizo dudar, quizás se le escapaba alguna alternativa.
Celia se levantó y caminó recta, como si un chorro de energía se hubiera apoderado de ella. Se plantó frente a él y le arrojó un sonoro y espeso escupitajo que cayó directo en la solapa de su camisa.
Él levantó la comisura de los labios en una media sonrisa con forma de mueca. Negó con la cabeza y se separo de la celda, poco a poco, viéndola con desprecio. Subió las escaleras, de nuevo a zancadas, y salió. Nunca más volvería a ver a Celia. Nunca más intentaría revertir un exceso revolucionario.

¡Este blog es mío!

Hay que decirlo: las cosas se encuentran cuando se buscan de frente. Todo lo que ha pasado en cinco años no parece caber en ese tiempo y este no es un espacio para contar la vida, ni para serle fiel al orden de los hechos. Es un sitio, eso sí, para leer verdades.
Dicho esto, declaro este espacio en definitivo secuestro. Me llamo Isaura González Fontcuberta y se acabó. Este blog es mío y esto empieza aquí; en un impulso consciente y de frente. De otro modo no se podría.

viernes, septiembre 09, 2005

101 reasons the 80's ruled

No hay nada mas “ochentero” que la palabra misma. Generalmente la gente que le pisa los talones a aquellos que vivieron su adolescencia en la década de los 80’s tiende a decir “ochentoso”. Yo lo hacía. Me daban ganas de vomitar los calentadores rosados, los zarcillitos de crucecitas de la chica material y babosadas de esas. Hasta ahora.

Me estoy poniendo vieja.

Cuando “Mata de Coco” era “MATA DE COCO” y el Teatro la Campiña era “EL TEATRO LA CAMPIÑA” yo tenía como cuatro años. Mi ídolo musical era Juan Corazón y no había mejor tema que “Entre perros y gatos” una cosa horrible que el hombre cantaba mientras una veintena de muchachitas se arrastraba por el piso, vestidas de perros y gatos. Yo lo sé porque mi mamá me llevó a verlo en Mata de Coco.

Luego la bendita adolescencia me nubló el cerebro para siempre. Es ella la única culpable de que uno pierda al niño interno. Y no por el asunto trillado de la inocencia, sino porque empiezas a avergonzarte de los gustos horribles que tienen los niños.

Pasado el tiempo, desempolvo de mi cerebro los bien escondidos nombres. No sólo ando todo el día tatareando cancioncitas de Yordano, Ilan Chester y Frank Quintero, sino que además he logrado reenganchar de los sitios más inhóspitos de mi corteza cerebral nombres como Elisa Rego, Luz Marina, Melissa y pavosidades análogas.

Muero por unas camisitas And&And como las que le robaba a mi tío y me ponía de piyama y por irme a la parte vieja de Plaza las Américas a comprarme unos Gotchas. Me pongo zarcillos enormes otra vez y si alguien me regalara unos calentadores rosados, me los pondría. ¿Algo que de verdad extraño? Unos Keds de lona bien blanquitos.

No sólo ando “ochentera”. Para terminar de componerla, Motley Crue, Poison y gringadas ochenteras de esas han existido en mi micromundo toda la vida, me puse puyas y pantalones rotos todo lo que me dio la gana, entonces no ha quedado más remedio que convertirme en una Cyndi Lauper, venezolana.

Cuando tenía ocho años mi mamá me llevó a que me hicieran un corte “punk” y me hicieron mis pinchos por toda la coronilla de la cabeza. Dos años después fui a que me hicieran “el mismo corte de Azabache”. ¿Quién quita que diez después me dé otra loquera y me haga una permanente en mi pelo increíblemente liso que no sirve para las melenotas de los 80’s?

Mata de Coco’s Style. Totalmente. Ochentera, pero de los 80’s venezolanos, muy distinto a los “melenudos” mexicanos de Octavio Paz y al delicioso Glam Rock atemporal de siempre.