Una pestañita explosiva!

Como una cebollita, pero la cargas siempre en el párpado...

viernes, septiembre 09, 2005

101 reasons the 80's ruled

No hay nada mas “ochentero” que la palabra misma. Generalmente la gente que le pisa los talones a aquellos que vivieron su adolescencia en la década de los 80’s tiende a decir “ochentoso”. Yo lo hacía. Me daban ganas de vomitar los calentadores rosados, los zarcillitos de crucecitas de la chica material y babosadas de esas. Hasta ahora.

Me estoy poniendo vieja.

Cuando “Mata de Coco” era “MATA DE COCO” y el Teatro la Campiña era “EL TEATRO LA CAMPIÑA” yo tenía como cuatro años. Mi ídolo musical era Juan Corazón y no había mejor tema que “Entre perros y gatos” una cosa horrible que el hombre cantaba mientras una veintena de muchachitas se arrastraba por el piso, vestidas de perros y gatos. Yo lo sé porque mi mamá me llevó a verlo en Mata de Coco.

Luego la bendita adolescencia me nubló el cerebro para siempre. Es ella la única culpable de que uno pierda al niño interno. Y no por el asunto trillado de la inocencia, sino porque empiezas a avergonzarte de los gustos horribles que tienen los niños.

Pasado el tiempo, desempolvo de mi cerebro los bien escondidos nombres. No sólo ando todo el día tatareando cancioncitas de Yordano, Ilan Chester y Frank Quintero, sino que además he logrado reenganchar de los sitios más inhóspitos de mi corteza cerebral nombres como Elisa Rego, Luz Marina, Melissa y pavosidades análogas.

Muero por unas camisitas And&And como las que le robaba a mi tío y me ponía de piyama y por irme a la parte vieja de Plaza las Américas a comprarme unos Gotchas. Me pongo zarcillos enormes otra vez y si alguien me regalara unos calentadores rosados, me los pondría. ¿Algo que de verdad extraño? Unos Keds de lona bien blanquitos.

No sólo ando “ochentera”. Para terminar de componerla, Motley Crue, Poison y gringadas ochenteras de esas han existido en mi micromundo toda la vida, me puse puyas y pantalones rotos todo lo que me dio la gana, entonces no ha quedado más remedio que convertirme en una Cyndi Lauper, venezolana.

Cuando tenía ocho años mi mamá me llevó a que me hicieran un corte “punk” y me hicieron mis pinchos por toda la coronilla de la cabeza. Dos años después fui a que me hicieran “el mismo corte de Azabache”. ¿Quién quita que diez después me dé otra loquera y me haga una permanente en mi pelo increíblemente liso que no sirve para las melenotas de los 80’s?

Mata de Coco’s Style. Totalmente. Ochentera, pero de los 80’s venezolanos, muy distinto a los “melenudos” mexicanos de Octavio Paz y al delicioso Glam Rock atemporal de siempre.

miércoles, septiembre 07, 2005

La pestañita olvidada

Estoy trabajando. Oficialmente, digo. No me refiero a las cosas ricas que uno hace por ahí, sin remuneración, por el simple gozo de hacer lo que a uno de verdad le gusta, sino a una oficina de verdad, con un aire acondicionado espantoso y la tortura mental de no poderme acostumbrar a decir "medidores" cuando me refiero al proyecto asociado a este elemento horrible sino que siempre se me sale "postes". En el fondo, para mí todos los proyectos son de postes.

Tengo una croata huérfana hasta el viernes. Si, después de que mi amigo se la trajo debajo del brazo, la abandonó aquí para irse a Bonaire. Es hora de que haga algo bueno por Croacia. Es hora de que en mis tiempos libres me dedique un poco a ella, hasta el viernes, que volverá al viejo y maravilloso continente.

Hay otras razones, una tapa en el cerebro, por ejemplo. Falta de ganas de leer el periódico. Estrógenos desbocados. Responsabilidades que me van cayendo, como gotas, constantes. Y, además, le estoy agarrando el gustito al asunto. Me estoy poniendo desesperadamente vieja.

viernes, septiembre 02, 2005

U(n)bar

Tenía mucho tiempo sin salir con G. Venía de casa de otro amigo, donde hicimos tremenda cenita española. Tortilla, almogrote, escalibada y una crema de ajoporros con tocineta que metimos en un pan gallego al que le quitamos el corazón. La cosa fue con vinito argentino y todo. Con mucha pimienta y algo de picante. Definitivamente una de las mejores cenas.

Y entonces aparece G. Yo sé que él canta salsa, gaita y todo lo que tenga guaguancó, y yo de eso nada. Pero de vez en cuando bailo, y me dijo que iban a bailar.

Llego al local en mi carro, lo paro trancando a otro y el parquero me da mi papelito. Me paro en la puerta. Un rollo para entrar a un localcito que ya por fuera me aconsejaba que me fuera para mi casa.

G me había dicho que se ponen brutos en la entrada si uno llega tarde. Había un gentío espantoso, me acerqué al portero y entré.

El “target” del local es indescriptible. Me atrevo a decir que inexistente. Nunca había entrado a un lugar tan incoherente y desagradable. La barra en L, en la puerta, como diez televisores en sitios “estratégicos” marca Hitachi con tecnología de cuando yo nací, prendidos y pasando noticias. Todo esto para nada, porque el “fondo musical” a todo volumen con cualquier asquerosidad dominicana no dejaba apreciar ni siquiera alguna pantalla. El piso sucio y los benditos bombillos espantosos de luz negra, muy motel barato y muy dientes escandalosos ¿Quién quiere tener unos dientes que brillan en la oscuridad?

La gente se contorsionaba, o se paraba en una esquina a ver a las tipas meneándose, como si tuvieran ganas de ir al baño y se les hubiese separado el cuerpo a la mitad. Más de una parejita desagradable metiéndose mano y jorungándose quién sabe donde. Y unos segundos después la mujer suelta al hombre, parolo y cachondo, y sonríe con timidez ¿qué timidez cabe después del espectáculo? Hombres con mechitas, zarcillos, pelo largo, corto, pinchos, qué se yo. Pero lo peor fue el hombre que le robó el uniforme a Jane Fonda, con bandita para el pelo incluida, en el año en el que la mujer se hizo famosa con los videítos de ejercicio y se apareció con el atuendo íntegro en el local.

No pude ver más, porque me fui después de que me encandilara el vestidito amarillo pollito de una tipa que sólo le tapaba la cintura y un poquito más.

Encima llego al carro y el parquero está comiéndose unos perros en el puesto de la esquina. Es decir, fuera de servicio hasta que termine. Tuve que esperar, gritar y patalear hasta que sacaran los veinte carros que trancaban el mío, después del respectivo par de perros que se comió el hombre.

Nunca me pinto la boca, esta vez lo hice para dejar la huella de un beso mío en el retrovisor del carro de G…

“Un beso, te quiero mucho y me fui. Jo”