Una pestañita explosiva!

Como una cebollita, pero la cargas siempre en el párpado...

jueves, junio 30, 2005

Beach break

Ayer estuve ocho horas en una cola para sacarme la cédula. Tragué humo de carro, comí mal y me estresé muchísimo. Ayer fue definitivamente un mal día.

Hoy la cosa se ve mejor, mucho mejor.

Una de las cosas que más me gusta es agarrar mis peroles y lanzarme para la playita...

Have fun!

miércoles, junio 29, 2005

La explosión

Querer hacer algo y aguantarse las ganas. Tener muchas más ganas de hacerlo y saber que te tienes que ir, pero quedarte. Esperar. Sentir más ganas. Ver cómo las ganas se van y vienen, cada vez más fuertes. Saber que ya no puedes aguantar más, pero seguir aguantando. Empezar a sudar frío, sentir cómo se pone la piel de gallina, hiperventilar, empezar a notar que la tensión se baja, cada vez más.

Que las ganas aumenten, punzantes. Casi hasta el punto de sentir que se acabó, ya está, no quedan más fuerzas. La explosión es inminente. Y cuando ya no se puede ordenar un pensamiento, ni un movimiento, levantarse de la silla, salir caminando con el paso acelerado. Caminar más rápido, apurarse. De pronto, empezar a trotar, a sabiendas de que falta poco para que todo se arruine. Y correr, correr cómo nunca.

Recoger todo, rapidito, con concentración. Ir acomodando con toda la corredera los insumos necesarios para acercarse al destino con fluidez. Abrir una puerta, luego otra, por último una más y llegar ahí. Alcanzar el sitio donde todo se puede.

Ser espectador, entre convulsión y convulsión, del desastre de ganas. Ver cómo explota en forma líquida, gaseosa, sólida y plasmática. Inhalar, exhalar, contraerse, distenderse. Disfrutar el olor de la explosión, la piel, el sabor. Llorar con vehemencia el propio desastre. Y empezar de nuevo.

martes, junio 28, 2005

Mi casi metamorfosis

Quince mil bolívares me costó la cera tibia para depilar. La compré ayer, en la farmacia. Era la más cara, decía que era de miel y hecha en Francia, y mil cosas más que promovían el producto. No tengo talento para estas cosas, compré la más cara porque no confío en mis habilidades depilatorias.

Anoche me senté en la poceta cerrada, pero al revés, con el tanque entre las piernas. Puse un espejito pequeñisimo, el único que encontré, sobre el aparatoso perol cuadrado y me armé de valor para lo que estaba a punto de empezar.

Mientras lo hacía pensaba en mil vainas. Tengo una semana que, independientemente de lo que esté haciendo, siempre estoy pensando en exceso.

Si lo pienso bien, no sé qué tanto me nada en los sesos. Ni tengo orden en mis ideas, ni sé quién soy, ni sé lo que quiero. Vuelve la pendeja medio existencialista de todos los días.

A este punto estaba encolada, como un papel tapiz, de un pegoste que parecía caramelo, lo probé y sabía a miel. Perfecto, la cosa esta tiene miel en serio. Me llené la piel del caramelo en cuestión, me eché tanto que empezó a resbalarse mas allá de donde debía. Y aquel enredo, una paletita de madera empegostada que parece sacada de un helado, el baño, la poceta, las tiritas blancas para arrancarse luego los vellos , una gota que si seguía por donde iba, definitivamente, me iba a hacer sufrir . Había que apurarse.

Respiré, más bien, aspiré rapidísimo un buen montón de aire. Uno, dos, tres… dolor, ardor, hinchazón, y como cuatro pelos menos, todos imperceptibles. Me vi en el espejito. Exhalé, estaba empezando a sudar. Miré la tirita, allí estaba la cera aplastando los cuatro vellos que ahora se veían tan indefensos y tristes. Seguí viendo la tirita, como buscando los dos kilos de valentía que se me acababan de desaparecer. Claro, no conseguí la valentía adherida a ningún lado de la deslucida tirita y me planteé la posibilidad de darle de alta a la depilación casera para siempre.

Asimétrica, no. Tenía que seguir.

Empecé a pensar que si no lo hacía rápido iba a terminar envuelta en cera como un pobre bicho caído en desgracia, en manos de una arañita hambrienta. Solo que peor, porque en este caso la araña y el bicho eran la misma persona, yo.

La idea tampoco era quedar calva de alguna de las dos cejas, porque lo que trataba de depilarme era las cejas, pero tampoco como para que salieran sólo cuatro pelos casi invisibles.

Estaba igualita, pero con un chichón entre las cejas bastante enrojecido. Si, era yo, en una versión lastimera del Teniente Worf, aquél personaje frentón inolvidable de Viaje a las Estrellas.

domingo, junio 26, 2005

No apto para menores

Por cierto, mi prima estudia bioanálisis. Me estuvo contando un montón de cosas horribles que ha visto y escuchado. Pero nada me pareció más bizarro que el hecho de que en los barrios muy pobres las prostitutas se meten papel periódico por ahí. Eso mismo, papel periódico por dónde no les pega la luz del sol (digo yo que no). ¿Que para qué?. Como medida anticonceptiva. ¿Qué tal?

sábado, junio 25, 2005

La desprivatización de la imagen

Mi prima V y yo fuimos de compras. Nada del otro mundo, acetona y tonterías. Tomamos café y eso, lo mismo de siempre. La cosa es que hoy me di cuenta de que uno perdió la posibilidad de tomarse un café en un centro comercial no conocido, o de salir por ahí, sin que te tomen una foto, graben tu voz o tu imagen y tú ni te enteres.

Entro en el estacionamiento y un muchachito medio raquítico me da el respectivo ticket, no sin antes lanzarme en un tonito bastante macaco: “Señorita, pague en caja antes de salir”. Pero se tardó como mucho en decirmelo, y como incoherente que me dijera algo obvio. Entro sin detenerme a analizar los sucesos y me interno en la perorata que manteníamos mi prima y yo todo el camino.

Cuando voy a pagar en la caja, lo vi. Sobre la cabeza del hombre que me cobraba había un monitor tamaño familiar, como para que no quedara duda, con mi foto enorme agarrando el ticketcito de manos del muchachito hambriento. Me da de todo y le digo “Pero… ¿esa soy yo?” (Pregunta bastante idiota, considerando que tenía una camisa amarillo pollito con flores rojas, bastante surfista, bastante playera y bastante escotada, típico). “Si, claro señorita, es usted”. Resulta que cuando el muchacho de la entrada me aconsejaba que pagara el estacionamiento dentro del centro comercial, me tomaron una foto enorme y, lo que es peor, clandestina, por el asunto de la seguridad.

¿Seguridad? Yo no soy asediada por paparazzies, ni tengo intenciones, ni me parece agradable. Y mucho menos tengo talento y razones. Y la sensación es fatal, es como si pudieran meterse por un huequito a verme constantemente. Es la seguridad de uno, pero tienes que andar regalando fotos, huellas, firmas, documentos ¿será seguro dar toda la información, más de lo que uno quiere, para hacer cualquier cosa? ¿Será que es mejor que la gente, quién sea, lo pueda rastrear a uno sin tener muchas habilidades de detective?.

Si lo pienso bien, dejé mi número de cédula en tres tiendas, mi foto en el estacionamiento, horas de entrada y salida, placa de carro, y quién sabe qué más, porque ya ni la imagen de uno es privada, ni los datos, ni nada.

Sólo como medida profiláctica, no ande publicando sus datos. Pero claro, se los van a pedir, por culpa del Seniat, de la inseguridad, de la tecnología, de todas las anteriores, o de alguna cosa que ni siquiera tenemos en cuenta.


Lost in Translation... Posted by Hello

viernes, junio 24, 2005

New Macondo

Caracas me hipnotiza con sus colas. Agarro el volante de mi carro y me dejo llevar por las palabras de alguna emisora reiterativa, para adormecerme con la cola, que avanza veinte centímetros por hora.

Caracas me hipnotiza desde que me despierto. A la ciudad de la eterna primavera le dieron ganas de parecerse a Londres, y ese frío y esa agua que cae, sin prisa pero sin pausa, no permite que me levante de la cama caliente y suave.

La autopista parece dividir a Caracas en dos partes. Como voy en dirección este-oeste tengo a mi izquierda el grave cinturón de miseria que nos aprieta y a mi derecha, las zonas residenciales que aparentan ser el resultado de años de planificación. Pero la Autopista Francisco Fajardo no es la única vía caraqueña y cuando nos introducimos en vías menores nos damos cuenta de la mezcla de estereotipos que conforman nuestra ciudad.

El rancho colinda con un edifico grande y viejo y, al cruzar la calle, hay una urbanización habitada por los hijos de los fundadores de los partidos políticos más importantes del país. A dos cuadras de allí tumbaron un mercadito y construyeron una quinta digna de compararse con La Casona, que por cierto, no está muy lejos del primer ranchito de Campo Claro. Caracas se convierte en nuestro nexo físico e intelectual, deja de parecer que tiene dos caras y se nos expone a plenitud en esos pequeños callejones.

Caracas nos deja ver el borracho en la esquina pasando el ratón, dos mecánicos tratando de encender un carro destartalado y una mujer que muestra con orgullo dos gruesos muslos sudados y sostenidos por unos tacones pasados de moda que luchan contra la gravedad, revelando que no aguantan tanta arepa con chicharrón convertida en carne femenina. Al loco que se para en la Avenida Francisco de Miranda pidiendo una moneda (ahora que para algo sirven las monedas) a cambio de un poema recitado con las fuerzas viscerales de la cocaína y el anís. El semáforo cambia a verde y al loco le pasa por al lado un Mercedes Benz color plata, recién pulido, con un gordo medio canoso y pulcro que lo maneja a sus anchas. Y si el loco pudiera meterse en el carro, podría oler el plástico, el aire acondicionado fresquito y el olor del dinero, tan especialmente férreo.Llega el mediodía. Casi siempre tengo que ir al centro a hacer alguna diligencia pesada. Decido ir a pie. Voy caminando mientras Caracas me embadurna de un olor a perro caliente, a alcantarilla, a sudor, a tufo y a tubo de escape. Y en mi rostro se mezcla y confunde una avalancha de nacionalidades y razas, porque aquí en Caracas convergen ciudadanos de todos los rincones del planeta.

Me atrevo a asegurar que sé lo que piensan. Están pensando qué van a hacer cuando terminen de hacer lo que están haciendo, porque el caraqueño no puede pensar en lo que hace; tiene que pensar en lo que va a hacer.

Caracas me menta la madre, me ofrece "papitas, maní y tostón”, me piropea con un gusto a
sadismo y sinvergüenzura y me pregunta con cara de anciano (y no es que el viejo no sabe dónde queda, sino que no sabe dónde está parado) “mija... ¿ud. No sabe dónde queda la Plaza Altamira?”. Caracas sienta a los inválidos en la acera y les apoya la espalda en la pared, les pone un vasito de plástico en la mano con unas puyas y les pide que lo agiten, para colaborar con el barullo infinito del que es especialista. Agrega un fiscal de tránsito cada dos cuadras con el único fin de soplar un silbato para unirse a la orquesta dirigida por la motocicleta que ronronea y el camión de arena que hace chillar sus frenos. Sigue siendo mediodía y los Mc. Donalds y los perrocalenteros compiten por clientela.

A eso de las siete de la noche, la cola de Caracas llega al momento cumbre de su espectáculo, es fácil ver a la gente cantando dentro de sus carros, viéndose las uñas, gritando histéricamente, leyendo el periódico, mandando mensajes por celular. El caso más impresionante es, incluso, el más común: aquel hábito infantil de sacarse los mocos. Desde el joven universitario con el carro nuevecito, pasando por la esposa de un ministro que viene del gimnasio hasta el viejo sesentón que uno no se explica cómo todavía maneja, cualquiera de ellos se saca los mocos en la cola.

Desde la ventana veo a los que van caminando. Las entradas de los metros (sobretodo la de Parque del Este) son idóneas para encontrarse con parejitas que no pueden esperar a llegar a su casa para demostrarse su amor. Se besan tan apasionadamente que a uno empieza a aguársele la boca. Sin ellos, Caracas perdería un poco su aspecto de ciudad mística y maravillosa. Pero cuidado, porque en una ciudad donde todo se ve, no es extraño que de repente la exuberante dama se dé media vuelta y descubras que no es una mujer.

Aquí se ven cosas que no existen en otras partes del mundo. Quizá por el hambre he empezado a comparar a los autobuses con grandes elefantes y a las motocicletas las confundo a veces con insectos molestos. Hago caso omiso de ello, no porque quiera, sino porque soy caraqueña de nacimiento y si empiezo a filosofar sobre ello, pierdo la cabeza. Gracias a Caracas he visto cosas que otra gente no ha podido ver. Es necesario estar en ella, y vivir en ella, para embucharse con aquellos olores que causan nostalgia y no repulsión. Pero el caraqueño es espontáneo, es encapuchado, lanzapiedra, empresario, sifrino, limosnero, malabarista si es necesario, perrocalentero, mecánico por gusto a las manos engrasadas y de ferviente y gran corazón.

El eclecticismo entre el progreso de sus construcciones y su 46% de población catalogada clase E, han hecho de Caracas la convergencia mística entre la Nueva York actual y el Macondo olvidado en Cien años de soledad.

J'aime et je detéste...

Elle ne s’apelle pas Amélie, mais elle aime:

1) Tomarse un té caliente, sorbito a sorbito, despacio.

2) Hundir las manos en la arena fresca.

3) Querer escuchar una canción y que, de pronto, suene.

4) Un olor cargadito de recuerdos.

5) Empiernarse y quedarse viendo tele, mientras cae un palo de agua.

6) Sentarse en un parque infantil a comerse un chupi chupi.

7) Levantarse temprano, montarse en el carro y lanzarse para Los Caracas.

8) Las cosas inesperadas (un beso robado, podría ser).

9) Irse a La Guairita un domingo a acariciar perros y gatos.

10) Comer cotufas con cri-cri en el cine.

11) Leer, en forma de vicio, de obsesión.

12) Escuchar una canción perfecta para terminar de pintar el cuadro sobre el caballete.

13) Una buena foto.

14) Los rounds de cariño de mi papá y los enanos, especialmente, entrarme a piñas con el pequeño.

15) Que le expliquen mecánica automotriz a uno.

16) Una guitarra en vivo, en la orilla de la playa, a medianoche.

17) Tomar agua de coco.

18) Cocinarle a los amigos.

Et elle detéste:

1) Los gritos.

2) Quedarse quieto mucho tiempo.

3) Un tubo de escape botando humo negro en cantidades industriales.

4) Un animalito atropellado (ni hablar del pony de La Guairita).

5) El reggaeton (si, se escribe así señores).

6) Ir al banco (o a tribunales, o a ministerios).

7) Hacer las cosas mil veces para que salgan.

8) El dolor de oído.

9) Que se rompa un cuadro.

10) Que se rompa un libro.

11) Que se dañe un CD (Appetite..., qué pasó ?).

Entrar a una librería enorme, pasearse, lentito, por los pasillos y darse cuenta de todo lo que uno no ha leído. Sentir la ansiedad, y disfrutar. Pensar que no nos puede alcanzar la vida para leer tanto. Sentirse mucho más ansioso, y seguir disfrutando…

¿Y a ustedes?

jueves, junio 23, 2005

¿Qué me falta por inventar?

Quiero subir al pico Naiguatá porque Daniel dice que es precioso y yo quiero tomar fotos y ver las estrellas con un telescopio.

Quiero estudiar cine, aprender a tocar Tears in Heaven, ver el Catatumbo y hacer un documental del Lago de Maracaibo. Montar un Cine Café, un concepto que nadie ha visto pero existe en mi mente perfectamente definido y para lo cual necesito un capital infinito de inversión.

Quiero escribir y pintar un guión para una película, o mejor, escribir y pintar el sueño que tuve hace unas semanas con el bendito cangrejo verde de plástico brillante. Hacer una revista. Escribir, escribir, escribir sobre todo lo que a MI me gusta. Montar una página en internet donde la gente pueda consultar seriamente sobre los eventos culturales de Caracas. Terminar el cuadro que empecé a pintar increíblemente molesta, pero no tengo el caballete, ni el cuadro, ni los óleos...

Volver al gimnasio, a la danza árabe y al flamenco. Empezar a meditar diariamente pegando brincos por todos lados. Montar una clínica donde se unan todos los tipos de medicina, aunque para mí la medicina es una sola, el que se divide es el hombre. Agarrar un carro y manejar hasta Costa Rica, vivir en Bélgica, tener hijos en España. Darle la vuelta a Venezuela con una cámara prendida y baterías que duren cinco vidas.

Subir la renta del apartamento pegadito al Ávila. Meterme en un crédito y sacar un carro de agencia. Terminar un programa y que quede perfecto Graduarme de ingeniero para ser artista. Ver mi lista entera de películas pendientes. Cuando veo una y la tacho de la lista, entra otra recomendación. Quiero unas clases serias de actuación. Aprender a surfear solamente para sentirme dentro de la ola, y con la cresta sobre toda mi estructura, meter la manito en la pared de agua a mi lado y frenarme hasta que la ola me revuelque por completo. Ya está.

miércoles, junio 22, 2005

Dos años, un mes y 9 días

Nunca entendí lo que era el cáncer. Desde pequeña me llamaba la atención que un signo zodiacal y una enfermedad pudiesen tener el mismo nombre tétrico, pero aunque me daba inmensa curiosidad, nunca tuve nada cerca que me ayudara a entenderlo, al menos hasta mucho tiempo después. Agradezco las clases de biología de tercer año para conocer, por lo menos, qué era una célula y de allí todo fue muy fácil. Pasé muchas noches en vela investigando cada término médico, cada diagnóstico, cómo se ayuda y cura a un individuo que tiene que pasar por ese trecho imposible de ver su propia locura manifestada en su cuerpo.

La enfermedad de mi madre hizo realidad todas mis pesadillas infantiles. Viví sola con ella los primeros veinte años de mi vida y los últimos de la suya. Desde que recuerdo dormíamos en la misma cama, por puro gusto. Mi madre roncaba mucho. Nadie soportaba su forma continua y muy sonora de roncar. Para mí, cada vaivén de ese respirar terrible era una canción de cuna. Pero a veces se trancaba más de lo normal y yo pensaba que ese era el momento en el que dejaría de roncar, y de respirar, para siempre. En ese momento ni estaba enferma ni ninguna de las dos teníamos noción de que todo esto iba a pasar. Pero en el fondo yo lo sentía. No íbamos a tener tanto tiempo juntas como creíamos.

"Casas muertas" de Miguel Otero Silva es el libro más deprimente que he leído. No hay nada artístico en esa sucesión repetitiva de muertes. Es un drama que te engancha a seguir leyendo porque no puedes creer que todos los personajes terminen muriendo. Lamento por Otero Silva tener que ser tan dura en mi crítica y contigo por contarte el final, pues no sé si la has leído. Pero un sólo término se me engarzó irremediablemente en el pecho: hematuria. No podía creer que una persona podía morir porque empezara a orinar con sangre hasta que se bloqueara su uretra con un coagulo, para luego explotar por dentro de sangre y orina. Eso ya no ocurre. Los médicos occidentales te van insertando sondas cada vez más anchas y hasta de tres vías, y si es necesario te irrigan la vejiga de suero para que no se formen coágulos. No sé si alguna vez surte efecto o se detiene el sangramiento. Mi madre murió antes de que eso ocurriera. Le dio hematuria, pero ni siquiera murió por eso.

La gente no muere de cáncer. La gente muere porque el cáncer te va rompiendo por dentro en la medida en la que gana terreno. Te roba la sangre, la hemoglobina, el oxígeno. Te va robando el cuerpo hasta que la parte de ti que no pertenece a este plano tiene que salir de él.

Ella era una de las personas más racionales que se hayan visto por ahí. Analizaba hasta el tiempo que tardaba el semáforo en cambiar de luz y tenía esquematizado cada uno de sus movimientos y acciones con una precisión intimidante.

Pero yo la vi una vez que perdió la razón. Estábamos solas en la clínica, era de noche y todos se fueron temprano. Le pregunté si quería que apagara la luz. Esa fue la primera vez que la persona más inteligente y cuerda que he conocido me respondió balbuceando una aberración.

Más nunca volví a escuchar algo que tuviera sentido de sus labios, por culpa de la acidosis metabólica que provocó la insuficiencia renal. Incluso tuvieron que amarrarla a la cama cuando la llevaron a quirófano. Por primera vez la doctora que tanto me permitió ver y tanto me enseñó me pidió que me fuera de la habitación. Luego de doce horas gritando cosas imposibles, la sedaron hasta su último suspiro.

Hombres-lobo y hombres-gato


lunita, lunita, dame pan Posted by Hello

Hace unos meses, encerrada en el apartamentico de la calle 13, aburrida hasta los tuétanos, me encaramé en la reja de la ventana con Eugene (mi cámara) y salió esto.
Hombres-lobo, hombres-gato y los demás lunodependientes: Les recomiendo altamente que, para no perder los efectos de la luna llena de anoche, se queden un buen tiempo mirando fijamente la foto.

martes, junio 21, 2005

Caracas-La Guaira

Faltan sólo cuatro centímetros, a una velocidad aproximada de dos centímetros mensuales, para que se termine de caer el puente de La Guaira. Si esto ocurre, se va a fracturar en una grieta monumental, justo en el medio.

Por La Guaira entra y sale todo. Es nuestro órgano genital, nuestro pulmón, nuestra boca y nuestro intestino grueso. Sin La Guaira no hay productos importados en Caracas, no hay viajecitos, adiós al aeropuerto, ni barquitos ni nada que se le parezca. Y lo lamento por mis amigos surfistas, se acabó el “ida por vuelta” para Los Caracas. Voy a plantearle al presidente a ver si me da un permisito para surfear el Guaire y aprovechar las cálidas aguas del río que recorre mi ciudad.

Seguimos con nuestro complejo de cangrejos, por aquello de caminar para atrás, o de lado, o de cualquier forma bien estúpida. Se planteó seriamente olvidarnos de carreteras decentes y modernas y conformarnos con nuestra carreterita vieja para la costa. Por lo menos no está en el aire. Pero resulta que el susodicho atajo está destruido por falta de mantenimiento, así que estamos en las mismas.

Después de revisar todas las posibilidades, la única vía medio factible es que Valencia y Puerto Cabello nos saquen la patita del barro. Por Puerto Cabello, ni pendiente. Pero tener que quitarse el orgullo caraqueño, caraquista, y cara… (Cualquier otro sufijo) para que los valencianos nos echen una manito, no me gusta nada. Para nadie es un secreto que los vecinos estos quieren quitarnos nuestro título de capitalinos. Claro, ellos no se están hundiendo, como nosotros, ni tienen tantos barrios y, la mayor ventaja, la casa presidencial no está allí, eso sí me da envidia. Pero bueno, Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra. Y eso no debe cambiar.

Mientras tanto, me abstengo de asomarme por el estado Vargas (hacia el mar, porque para el Junquito si se puede, todavía), a menos que vaya a instalar un tremendo equipo, cámara y pilas eternas. Todo esto para ponerle los dos ojos a ese puentezote hasta que se desplome y ver el espectáculo. Eso sí, de lejitos, no vaya a ser que me muera, no me encuentren y me construyan algo encima, un ranchito, por ejemplo, porque de autopista nueva, nada que ver, puro plan de contingencia.

lunes, junio 20, 2005

Para saber si la cosa va

Aquí les dejo esto, escrito en el mismo estado en el que Carlanga escribió uno de sus post en estos días (pregúntenle a él), para que se vayan dando una idea mínima de cómo son las cosas.

  1. Si nos gustas en serio, se nos seca completamente la boca y hacemos milagros para que se humedezca.
  2. Miramos con ojos brillantes y nos hacemos las duras, pero no lo logramos.
  3. Subimos un tono la voz, sobretodo si hablamos por teléfono.
  4. No te mostramos nuestro pasado, pero se nos sale por los poros, las orejas y todos los orificios obvios.
  5. Estamos pensando, constantemente, en tus defectos.
  6. No conseguimos que tus defectos nos hagan olvidar lo otro.
  7. Vemos la pantallita del celular, al menos, cada dos minutos y medio.
  8. Nos cuesta mantener la vista clavada en tus pupilas, porque nos sentimos desnuditas.
  9. Jugamos con las manos y sonreímos de lado, puede que nos mordamos el labio inferior de vez en cuando.
  10. Si tardas mucho en responder, huimos. Muy difícil tener paciencia en estos casos.
  11. Intentamos por todos los medios que nunca, nunca, te enteres de lo vulnerable que somos cuando estas cerquita.

Una vez superado el trauma...

Mi primera contrariedad con la publicación fue por culpa de un profesor amorfo, desagradable y feo. Para ese entonces estaba escribiendo un cuento, “Piernas trenzadas”. Como la clase de química era bastante aburrida, estaba absorta revisando el texto en cuestión.

Si, yo lo sé, hay mucho erotismo directo y simple en lo que escribo, y antes había más. Nadie lo pudo decir mejor que mi amigo D, y cito textualmente: “Jo, tú puedes llegar a convertirte en una caricatura moderna del marqués de Sade, despojada de toda fantasía, presentando el erotismo crudo, cotidiano y aburrido, como generalmente suele ser”

Ese cuento era mío, pero sobretodo era no publicable. Ahora vomito un poquito cuando lo leo. La cosa no es más que una perorata espantosa de muertes y encuentros sexuales cargados de imágenes exageradas de todo tipo. Muy erótico y muy chimbo.

El repugnante y amorfo profesor se acercó a mi pupitre y me arrancó las hojitas amarillas y sucias. Me miró por debajo del hombro, creo que puse ojos de venadito moribundo y empecé a temblar. Yo sabía que lo iba a hacer.

Acto seguido empezó a balbucear con su boca torcida cada una de las palabritas escuetas de mi cuento para los oídos de todo el salón. Un cuento que reflejaba los inicios de esta caricatura moderna del marqués de Sade en la que D cree que me puedo convertir.

La audiencia que escuchó un cuento mío por primera vez no se dio cuenta de los errores de redacción y sintaxis del asunto, estaban ahí, derretidos en sus puestos, anonadados con todo el erotismo puro que el hombre recitaba.

A cada palabra mal pronunciada por el deforme profesor, la gente se horrorizaba más, se hundía más en los pupitres, se reía más entre dientes. Y yo no era más que un pimentón robusto con las manos sudadas, girando la cabeza como un ventilador para no perderme ni un solo detalle de mi humillación masiva.

Nunca he podido publicar. Hasta hoy. Como excusa, les digo que el disco duro de mi espalda, perdón, de mi laptop, se está quedando sin memoria libre. En algún lado tenía que terminar todo este poco de bytes convertido en algo rico, en palabras.